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martes, 14 de marzo de 2017

La influencia doctrinal

Es interesante notar el empeño de la Sociedad Watchtower (JW.ORG) por evitar el uso de la palabra “doctrina” (solo la utiliza cuando se refiere a otras religiones), y opte por las expresiones “enseñanza” o “instrucción”. Curiosamente los términos “doctrina”, “enseñanza” e “instrucción” tienen un significado parecido:

-Doctrina (del latín doctrina) es un conjunto coherente de enseñanzas o instrucciones.

Por otro lado, la Sociedad presume de “educar” a sus miembros, pero lo que en realidad hace es adoctrinarlos:

-La diferencia entre doctrina y educación consiste en que en la educación se persigue que el educando (la persona a educar) permanezca lo más superficial posible a los conocimientos acumulados y los analice; mientras que en la adoctrinación, el educando permanece dentro del cuerpo de conocimientos o creencias y absorbe sus enseñanzas. Por ejemplo, estudiar teología puede considerarse como un proceso de adoctrinación, cuyo equivalente educativo sería el estudio comparativo de las religiones. La diferencia entre el teórico y el doctrinario es que el primero acude a datos y argumentos mientras que el segundo lo hace a creencias y premisas de fe.


Aparte de los Testigos de Jehová, hay millones de personas que están inconscientemente adoctrinadas. Por supuesto, hay diferentes niveles de adoctrinamiento, así como distintos efectos. El adoctrinamiento que ejercen las sectas es uno de los más perjudiciales, ya que anula la personalidad del individuo. El problema del adoctrinamiento en general es que produce expectativas e ilusiones que, aún siendo probadas falsas, resultan ser muy difíciles de abandonar. Probablemente sea esta la razón de que muchos testigos de Jehová no sepan “a dónde ir” más allá JW.

Comparto un interesante extracto de un libro de Carl Sagan donde se considera la influencia de las “doctrinas” en la sociedad en general:

(*) Cuando bajé del avión, el hombre me esperaba con un pedazo de cartón en el que estaba escrito mi nombre. Yo iba a una conferencia de científicos y comentaristas de televisión dedicada a la aparentemente imposible tarea de mejorar la presentación de la ciencia en la televisión comercial. Amablemente, los organizadores me habían enviado un chófer.
            —¿Le molesta que le haga una pregunta? —me dijo mientras esperábamos la maleta.
No, no me molestaba.
            —¿No es un lío tener el mismo nombre que el científico aquel?
            Tardé un momento en comprenderlo. ¿Me estaba tomando el pelo? Finalmente lo entendí.
            —Yo soy el científico aquel —respondí. Calló un momento y luego sonrió.
            —Perdone. Como ése es mi problema, pensé que también sería el suyo. Me tendió la mano.
            —Me llamo William F. Buckiey.
            (Bueno, no era exactamente William F. Buckiey, pero llevaba el nombre de un conocido y polémico entrevistador de televisión, lo que sin duda le había valido gran número de inofensivas bromas.)
            Mientras nos instalábamos en el coche para emprender el largo recorrido, con los limpiaparabrisas funcionando rítmicamente, me dijo que se alegraba de que yo fuera «el científico aquel» porque tenía muchas preguntas sobre ciencia. ¿Me molestaba?
            No, no me molestaba.
            Y nos pusimos a hablar. Pero no de ciencia. Él quería hablar de los extraterrestres congelados que languidecían en una base de las Fuerzas Aéreas cerca de San Antonio, de «canalización» (una manera de oír lo que hay en la mente de los muertos... que no es mucho, por lo visto), de cristales, de las profecías de Nostradamus, de astrología, del sudario de Turín... Presentaba cada uno de estos portentosos temas con un entusiasmo lleno de optimismo. Yo me veía obligado a decepcionarle cada vez.
            —La prueba es insostenible —le repetía una y otra vez—. Hay una explicación mucho más sencilla.
            En cierto modo era un hombre bastante leído. Conocía los distintos matices especulativos, por ejemplo, sobre los «continentes hundidos» de la Atlántida y Lemuria. Se sabía al dedillo cuáles eran las expediciones submarinas previstas para encontrar las columnas caídas y los minaretes rotos de una civilización antiguamente grande cuyos restos ahora sólo eran visitados por peces luminiscentes de alta mar y calamares gigantes. Sólo que... aunque el océano guarda muchos secretos, yo sabía que no hay la más mínima base oceanográfica o geofísica para deducir la existencia de la Atlántida y Lemuria. Por lo que sabe la ciencia hasta este momento, no existieron jamás. A estas alturas, se lo dije de mala gana.
            Mientras viajábamos bajo la lluvia me di cuenta de que el hombre estaba cada vez más taciturno. Con lo que yo le decía no sólo descartaba una doctrina falsa, sino que eliminaba una faceta preciosa de su vida interior.

(*) El mundo y sus demonios (La ciencia como una luz en la oscuridad). Carl Sagan
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